Tampoco son sus bellas ciudades; ni la embriagadora y siempre bella Muscat, ni la divina y exigente Nizwa, ni tan siquiera la blanca ciudad costera de Sohar y tampoco la antigua Sur, anclada en una bahia de hermosos dhows surcando sus costas tal como un día hicieran el mítico Simbad el Marino o el renombrado Marco Polo.
No guardan dicho secreto las eternas arenas de Wahiba, donde los atardeceres son rojos y las noches blancas por el brillo de las mil estrellas que en ellas se aglutinan. Wahiba, hogar del último orix, refugio de dromedarios y poblados de nómadas jaimas.
Ni siquiera son sus virginales costas en las que las tortugas rompen sus cascarones para salir al sol, donde los tiburones se dejan arrastrar jugando con la resaca, hasta las mismas orillas de Khasab y los delfines escoltan a los antiguos dhows que cargan intrépidos marineros.
El mejor secreto de Oman lo guardan celosamente las montañas; en un vano entre las rocosas se abre subitamente y sin previo aviso, la vida. Vida que simboliza el agua. Preciado líquido cayendo desde las cascadas, que discurre entre piscinas naturales, y llega hasta las orillas calmando la sed de palmeras y plantaciones. Agua limpia, agua clara, agus dulce, agua fresca, agua oculta al resto de mortales que jamas imaginamos que tal belleza podría ocultarse en los numerosos Wadis de Oman.
Inshala el secreto sea guardado de infieles que prostituyan este paraiso.







