En un país donde siempre brilla el sol, en una ciudad que se dispersa entre el mar y las montañas, donde los hombres visten de blanco y las mujeres se cubren de negro y oro, se erigió una mezquita para commemorar el reinado del Sultán. Obsesionado con salir del ostracismo al que occidente le habia condenado, el rico mandatario quiso eregir, en honor a Mahoma, el más bello monumento que jamás hombre alguno hubiese podido soñar. De este modo, mando levantar una obra faraónica de marmol blanco que brillara más que el sol, la decoró con bellos jardines y preciosas fuentes donde los pájaros y los hombres calmarían su sed y se guarecerían en la sombra de los mejores frutales, en sus techos colocarían las más ornamentadas y hermosas maderas de Oriente, y sus fieles pisarían la más bella y larga alfombra que las manos iranís fueran capaces de tejer, traerían los mejores esmaltes para sus mosaicos interiores, los más diestros artesanos para la confección de sus murales, y cuando la noche destronara al sol, los creyentes seguirían acudiendo a la llamada del almohacid iluminados por la lámpara más grande de toda la humanidad. Y para demostrar cuan grande es el poder del Sultán, la mezquita permanece abierta a fieles e infieles, y sus puertas de perfumado sándalo nunca se cerrarán.

Así nació la Gran Mezquita de Oman.
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